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23 de octubre de 2014 02:08 horas Programa Actual: Entre Nosotros (R)
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Jesús cura en la sinagoga a un hombre con la mano paralizada
 

Jesús cura en la sinagoga a un hombre con la mano paralizada

 

“Jesús entró nuevamente en una sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada.
Los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si lo curaba en sábado, con el fin de acusarlo.
Jesús dijo al hombre de la mano paralizada: "Ven y colócate aquí delante".
Y les dijo: "¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?". Pero ellos callaron.
Entonces, dirigiendo sobre ellos una mirada llena de indignación y apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: "Extiende tu mano". El la extendió y su mano quedó curada.
Los fariseos salieron y se confabularon con los herodianos para buscar la forma de acabar con él.”


Mc. 3,1-6.

Recordamos el contexto de este texto: comienza el capítulo 2 con la curación de un paralítico, donde la atención está puesta en el cumplimiento o el no cumplimiento. Acá Marcos nos invita a repensar nuestros cumplimientos y nuestras estructuras, relacionadas con lo legal, con la ley que puede alienar o doblegar al hombre, o bien liberarlo. Jesús entra en la sinagoga, el lugar sagrado, y se encuentra con este hombre de la mano paralizada; están también los fariseos y al último aparecen los llamados herodianos.

Veamos el primer versículo:

“Jesús entró nuevamente en una sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada.



Se nos aclara que entró nuevamente, por lo que se entiende que Jesús ya ha estado en una sinagoga. Al comienzo de su vida pública, tras el llamado a los primeros cuatro discípulos, Él va a la sinagoga de Cafarnaún y se encuentra con el endemoniado. Por eso, esto de nuevamente también nos hace suponer que se trata de la misma sinagoga. Ha cambiado un poquito -en el tranco que Jesús ha hecho ya- el ambiente y el modo de estar en la sinagoga. Allá parecía que simplemente iba a cumplir con el culto sinagogal y a compartir con sus hermanos de Cafarnaún; en cambio acá, ya trae sobre la mochila un bagaje de tensiones y dificultades que hacen de esta entrada a la sinagoga algo particular y totalmente distinto a lo anterior. Ya no entra para enseñar ni para anunciar la Buena Noticia, como nos relataba Lucas, cuando todos los ojos estaban puestos en Él. Acá ya lo conocen, ya saben lo que ha hecho y pareciera que en esta visita ya hay que decidirse, no es tiempo de seducción sino de definición. Jesús vuelve a intentar con sus hermanos un acercamiento, pero un acercamiento que tiene que ver con la definición.

Tenemos que hacer la traslación a nuestros cultos y a nuestro modo de estar en el templo, puesto que el texto bíblico no es solo para relatarnos algo que pasó, sino para inquietarnos también en el hoy. La sinagoga para los judíos es lo que para nosotros significan nuestras capillas, nuestros templos, aquellos lugares donde nos encontramos con lo sagrado, donde celebramos la misa, el culto.

había allí un hombre... En el otro texto también estaba esta expresión, aunque en este caso no es un poseído sino un hombre que tenía una mano paralizada. Allá era uno más en medio de todos los asistentes, y el endemoniado pronuncia palabras, incluso conversa con Jesús y lo espeta. En cambio en este caso, el hombre de la mano paralizada no va a hablar nunca. La pregunta de fondo allá era cómo podía haber un endemoniado adentro de la sinagoga. Si en la sinagoga hay lugar para demonios y para parálisis, algo esta pasando allí... pareciera que esto es lo profundo en el texto de Marcos: la sinagoga se ha convertido en un lugar donde pueden estar los espíritus inmundos y donde hay parálisis, quietudes irreparables aparentemente. Lo pasivo, lo inválido de este hombre, es distinto a lo anterior, porque no es de nacimiento. El texto al final dice que quedó restablecida la mano, lo que da idea de que en algún momento estuvo bien. Es la misma expresión que posteriormente usa con respecto a la higuera (en el cap. 11, 20-21, dice: “A la mañana siguiente, al pasar otra vez, vieron que la higuera se había secado de raíz. Pedro, acordándose, dijo a Jesús: «Maestro, la higuera que has maldecido se ha secado».”) En esta cita, no hay duda de que la simbología está referida a Israel. El texto de hoy puede ser un adelanto, que quiere significar una sinagoga donde habitan espíritus impuros y donde Israel se ha quedado seco, sin vida, inválido. Por eso no hay más gente. Solo el hombre. Otros autores dicen que a este hombre se lo han puesto a Jesús como carnada para hacerlo caer en la violación del sábado.

Cuatro veces va a nombrar la palabra mano, la misma cantidad en que usa la palabra camilla en el texto del hombre paralítico que bajaron por el techo. Así como la parálisis simboliza la ausencia de autonomía, de movimiento; la mano paralizada simboliza la incapacidad de acción, de hacer, de construir. En el sentido profundo del texto quiere decir que este espacio que es el del culto, espacio donde escuchar la palabra de dos filos, se ha vuelto un espacio que no tiene capacidad de acción. Es una denuncia terrible, incluso pensando en nuestros espacios, cuando la gente dice “esta gente va una hora a la semana pero, la verdad, no cambia nada, ni su corazón, ni en sus contactos inmediatos, y menos aún en los espacios comunes. ¡Cuántas veces el mundo político u otras instituciones nos ven como estructura de poder! ¿Por qué? Por nuestra incapacidad de movilización. Esta gente junta todos los sábados y domingos tantas personas que van a misa, al templo... Creen que eso nos debe dar capacidad de acción. Pero si simplemente se lo hace por cumplir un rito, eso no nos moviliza, no no ayuda ni nos hace transformar la realidad.

Veamos el versículo que sigue:

 ”Los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si lo curaba en sábado, con el fin de acusarlo.”

Es bueno hacer composición de la escena: si uno mira el contraste, vemos que Jesús ha entrado abiertamente a la sinagoga, con total libertad, puesto que es parte de su vida y de su casa. Del otro lado, lo están asechando, la actitud es absolutamente desconfiada, lo hacen subrepticiamente, a traición, ocultando sus propósitos. Ya se lo habían dicho cuando sus discípulos cortaban espigas en sábado. Esto ya se puede tener como el anticipo, de ir a curar a este hombre, como anticipo para pedir la pena de muerte. Éste es el ambiente de la sinagoga: paralizados y asechando.

Ahí está Jesús. No hay pedido ni presentación de este hombre. Simplemente está ahí. Entonces

Jesús dijo al hombre de la mano paralizada: "Ven y colócate aquí delante".



De nuevo aparece el tema de la mano seca, paralizada. Lo que nos recuerda a Ezequiel 37, en una lectura analéptica (es como si el autor de los Evangelios, el autor bíblico, tomara un texto del Antiguo Testamento, y arriba le pusiera una hoja transparente y entonces escribiera la narración de alguna historia de Jesús teniendo al fondo ese texto). Hay muchos que dicen que detrás están los textos que denuncian la sequedad de Israel, y particularmente el de Ezequiel 37, 1-6.11:

“La mano del Señor se posó sobre mí, y el Señor me sacó afuera por medio de su espíritu y me puso en el valle, que estaba lleno de huesos.

Luego me hizo pasar a través de ellos en todas las direcciones, y vi que los huesos tendidos en el valle eran muy numerosos y estaban resecos.

El Señor me dijo: «Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?». Yo respondí: «Tú lo sabes, Señor».

El me dijo: «Profetiza sobre estos huesos, diciéndoles: Huesos secos, escuchen la palabra del Señor.

Así habla el Señor a estos huesos: Yo voy a hacer que un espíritu penetre en ustedes, y vivirán.

Pondré nervios en ustedes, haré crecer carne sobre ustedes, los recubriré de piel, les infundiré un espíritu, y vivirán. Así sabrán que yo soy el Señor».

Luego el Señor me dijo: Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Ellos dicen: «Se han secado nuestros huesos y se ha desvanecido nuestro esperanza. ¡Estamos perdidos!».

Jesús pone en medio la sequedad de Israel. Y aún sacando toda la simbología, en el hecho concreto del milagro, Jesús pone en medio la dificultad. Hay que ver cómo Jesús mira esta dificultad, la sequedad, lo que tengo paralizado. El resto del culto, de la asamblea, no tiene sentido si en el medio no se pone aquello que está inválido.

Jesús le dice levántate, "Ven y colócate aquí delante". Pareciera que no estaba de pie porque no desplegaba toda su estatura y su capacidad y lo pone en medio del culto. En el medio de la sinagoga está el hombre y su problema. Ha puesto en el medio lo que debe estar en el medio: el hombre y su problema.

Veamos qué dice Jesús:

“Y les dijo: "¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?". Pero ellos callaron.



Jesús utiliza un lenguaje legal, un tipo de pregunta retórica, con respuesta obvia, que sirve para salir del brete donde lo han puesto. Y estas palabras responden también a lo que decía al principio el texto: Los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si lo curaba en sábado, con el fin de acusarlo.
Hacer el bien es curar. Hacer el mal es acusar. ¿Quién hace daño? El que anda al asecho, buscando acusar al otro. Son dos líneas claramente opuestas. En la segunda parte de la disyuntiva, Jesús va a llevar las cosas hasta el extremo, las va a exagerar, radicalizar: ¿qué hay que hacer, salvar una vida o matar? La respuesta es obvia, más vale que hay que salvar, hacer el bien, curar. Pero en aquel contexto, y en nuestros contextos, a veces no es tan obvio. ¿para qué ha puesto Dios el sábado, para qué ha puesto Dios los preceptos, los mandamientos? Para sanar, para hacer el bien, para curar.

Y lo religioso ¿sana, eleva? Habría que preguntarle a los niños si el modo de vivir lo religioso de mamá, de papá, de la abuela, de los grandes, sana, salva, hace el bien, alegra... Algunos chicos dirán: mamá, tu modo religioso es un plomo, solo te lleva a determinados reglamentos, pero no a hacer el bien ni a sanar ni a salvar...

Los fariseos, ante la pregunta de Jesús, se quedan callados. Porque no quieren ceder, están cerrados en sus respuestas; no van a debatir con Jesús porque ya tienen sus formulaciones hechas. En contraste, Jesús es el único que habla en ese texto. El enfermo no habla nunca. Tampoco hablan los fariseos dentro de la sinagoga. Pero afuera, confabulan. Es un ambiente muy pesado: la asechanza, la acusación, la pérdida del deseo de hacer el bien.

Entonces, dirigiendo sobre ellos una mirada llena de indignación y apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: "Extiende tu mano". El la extendió y su mano quedó curada. Los fariseos salieron y se confabularon con los herodianos para buscar la forma de acabar con él.”

La mirada de Jesús es de ira, de enojo, y de pena por la dureza. Son dos sentimientos distintos: la ira corresponde al mal que hacen los fariseos subyugando a la gente sencilla e impidiendo hacer el bien. La tristeza corresponde a la obsecación de los fariseos de llamar al mal bien y al bien, mal. Ambas reacciones de Jesús nacen del amor, tanto hacia el pueblo como hacia los fariseos, a quienes ama y le da tristeza que sean tan obsecados.

Hay una autora que se detiene en el análisis de las expresiones corporales de esta escena: por un lado hay una mano paralizada; por otro lado, unos ojos de ira y una pena por la dureza en el corazón. La ira como función primaria que me hace reaccionar ante un mal presente o futuro, que no lo quiero para mi vida y por eso intento cambiarlo. En cambio la tristeza es la reacción ante un mal presente que se ya se ve como invencible. Me entristezco porque esto que estoy padeciendo no lo puedo combatir. Jesús tiene estos dos sentimientos: la ira, porque está decidido a combatir aquello que le hace mal a su pueblo, no va a permitir la inmovilidad y la inacción ante cualquier cosa que le pase a cualquier persona.

Uno podría rezar pidiendo preservá siempre esa santa ira y hacénosla saber, cuando en nuestros cultos o lo que sea que hagamos religioso, no hayamos puesto al hombre que padece o que tiene alguna necesidad en el centro. Y también pedirle a Jesús que jamás sienta tristeza por la dureza de mi corazón, que siempre sienta que la puede combatir, la puede doblegar.

Jesús los desafía: "Extiende tu mano". Esa expresión está ya en el Éxodo, cuando Moisés tiene atrás a los egipcios pisándole los talones y parecía que todo se vendría en banda, le dice el Señor a Moisés: ¿Por qué sigues clamando a mí? Dí a los israelitas que se pongan al mar, y tú alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los israelitas entren en el medio del mar a pie enjuto.

Este extender tu brazo que tantas veces aparece en la Biblia tiene esto atrás también. Extender los brazos para abrir los mares, para abrir este espacio que parece invencible, de quietud, de inmovilidad. Jesús nos extiende el brazo y nos abre camino.

Padre Roberto Álvarez

 

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